Saturday, October 03, 2009

¿Qué pasó con…?


En la línea de hacerse cargo de lo que uno dice a través de los medios de comunicación, voy a explicar en qué quedaron algunas de mis principales afirmaciones:

1. Publicación de mi primera novela “Soundtrack: No se puede vivir sin música” (sobre el rock adolescente de provincia). No cumplió los estándares de calidad que me había autoimpuesto por lo que decidí no continuar con este proyecto.

2. Publicación segundo libro de cuentos “Los desheredados del sur”. Voy a publicar un segundo libro de relatos en algún momento, cuando logre conseguir los recursos necesarios para embarcarme en una empresa de este tipo. Eso sí, no llevará este nombre. Quiero hablar de diferentes temas pero con un enfoque más optimista, constructivo, positivo. Tras una profunda introspección me he dado cuenta de que mi filosofía de vida es -y ha sido siempre- la de salir adelante con optimismo, pese a la adversidad. Y esto lo quiero expresar en mis relatos.

3. Trabajar por medio de Facebook mi novela. Es una buena idea publicar fragmentos de lo que uno escribe y luego compartirlos en Facebook o Twitter para conocer la opinión preliminar de potenciales lectores. La iniciativa quedó en stand by, a la espera de un nuevo proyecto de novela o de libro de cuentos. Se podría hacer más adelante.

4. Compartir algunos de mis cuentos en formato podcast (audio) a través de mi blog. Debido a la mala calidad de los audios se retiraron del blog oportunamente.

5. Transformar en cortometrajes algunos de mis cuentos. Decidí no preservar en esta idea hasta no escribir un cuento que realmente valga la pena transformar en corto.

6. Publicación gratuita de cuentos que quedaron fuera del libro “¿Bailando con la Fea?”. A continuación publico sólo uno de ellos –el mejor; el otro relato he decidido no compartirlo en este blog debido a su escaso interés literario-:


El "Afuerino"

Comenzó el torneo en una localidad costera que deslumbra por sus límpidos cielos en verano. Ricardo llegó en el momento preciso: tenía que entrar a jugar al segundo tiempo del partido que se estaba disputando. El equipo contrincante provenía de una localidad interior, conocida por sus pequeñas explotaciones forestales, por su humilde ganadería y por sus aguerridos futbolistas.
Aunque Ricardo llegó a tiempo, su presencia no sirvió de nada. Igual los golearon diez a cero. En realidad, todos los jugadores fueron un aporte nulo.
Se cambiaron de ropa, con suerte se colocaron desodorante y se fueron rápidamente y en patota a uno de los puestos instalados al costado de la sede social, junto a la sombra de unos manzanos que menguaban el influjo de los rayos solares y de la brisa marina. En ese lugar comieron asado de cordero al palo, sólo acompañado por sus tradicionales guarniciones: papas y lechugas. Todos digirieron atropelladamente inmensos trozos de carne con la mano, al mismo tiempo que disfrutaron de grandes cantidades de vino tinto en garrafa.
Llegó la noche y "Jota", el disc-jockey rural del momento, le dio todo el volumen a su mini-componente, sonido que bastó para envolver a la sede social en forma de rectángulo.
Al ritmo de corridos y rancheras los hombres ya bastante mareados empezaron a sacarse en cara sus diferencias, mientras los que aún se mantenían cuerdos se hicieron los “mágicos” con las chicas que estaban en el lugar.
Ni tonto ni perezoso, a esa hora Ricardo ya se había ido con Rosario a revolcarse a una pampita rodeada de arbustos y canelos de renoval. Al mismo tiempo que ella jadeaba en esa noche de verano, las vacas de su tío Juvenal mugían un par de potreros más arriba, perdidos entre los cerros zigzagueantes. Y él no chillaba, sólo embestía con su miembro, como si éste fuera un hacha que corta al árbol nativo en los montes del sur profundo. Entre estrellas y aerolitos, sólo un par de quiltros formaban parte de la ardiente escena digna de ser inmortalizada por un pintor realista.
A ella, una muchacha morena y de baja estatura, se le notaba bastante el embarazo ocho meses después de la escena anteriormente descrita. Rechoncha como escultura de Botero, las mujeres del sector la miraban sin pudor y le preguntaban “¿quién será el padre mi chica?”. Ella respondía automáticamente un “no sé po’”, expresión que luego se traducía en un abstracto llamado Trauko, diminuto ser mágico que dejaba encinta a las doncellas campesinas en medio de los silenciosos bosques y sus relajantes riachuelos.
No obstante, Ricardo –quien tenía una casa cerca de la playa, un par de hectáreas de tierra en un campo interior y una camioneta que obtuvo gracias al tráfico de locos en tiempos de veda- reconoció su paternidad y pidió la mano a los padres de Rosario. Ellos, por su parte, eran viejos y tradicionales agricultores de una localidad interior, por lo cual no aprobaron públicamente esta unión con ese afuerino y ex traficante de locos; aunque luego de innumerables dimes y diretes aceptaron que su hija se marchara a la casa de su hombre, quien le había contado cosas bonitas al oído, con habilidad de poeta romántico, como ningún otro chico lo había hecho jamás. Lo cierto es que desde un principio los padres, sin contarles a ninguno de sus vecinos, encontraron genial tener la certeza de que su hija no se convertiría en una madre soltera más, pero de todas maneras se opusieron a este matrimonio para dar una imagen de corrección entre sus pares.





Con el tiempo se casaron, como Dios manda, en la pequeña iglesia de madera del sector y con una fiesta pantagruélica a la que fueron invitados amigos y decenas de parientes lejanos que no había visto jamás pero que se acordaban de los novios y de sus travesuras infantiles. Luego tuvieron dos hijos que nacieron al amparo del sagrado vínculo matrimonial: Carla y Antonio.
Él siempre maldice –aunque sin decírselo a nadie- el día en que decidió irse por un tiempo a trabajar de buzo a una salmonera al sur del archipiélago, pese a que Rosario le advirtió que no estaba de acuerdo con la precipitada decisión.
- ¿Qué te pasa po’ por Dios? ¿Por qué te vas mi chico? –ella le consultó una noche de otoño en el lecho nupcial, mientras evitaba su mirada y se concentraba en la imagen de la Virgen de la Candelaria, apenas iluminada por una delgada vela de color blanco.
- Porque necesito más moneas –le respondió-. Me quiero
comprarme una camioneta más grande y con lo que gano con el pelillo y los quesos no me alcanza.
- Pero ¿por qué no estás conforme con lo que Dios te ha
dao?
- La verdá es que ya entendí que traficar locos es malo, pero extraño los billetes que me dejaban los locos. ¡Ahhhh!, no sé si me entiendes...
- ¡Pucha cae ohhhh! ¿Y cuánto tiempo vas a estar por allá po’?
- Unos seis meses nomás...
Terco como una mula, Ricardo se marchó confiado y creyendo a pie juntilla en que su mujer le sería fiel toda la vida. Para él Rosario era una mujer sumisa, buena, callada, que no mataba una mosca. Pero, como dicen algunas señoras entre mate y mate detrás de una estufa, “las calladas son las peores”.
Pasaron dos meses desde que se fue su marido y era un secreto a voces su relación extramarital con el chofer de la micro que recorría el sector de lunes a sábado.
Una tarde de julio, en que el frío y la lluvia invitaban a guarecerse entre frazadas de lana de oveja y sábanas de saco harinero, ella se fue a vivir a la pequeña ciudad con Daniel, el conductor, quien decidió cambiar de rubro, transformándose en colectivero.
No tardó mucho en darse cuenta de su error. Durante las primeras semanas en que alojó junto a su amante en la casa pareada ubicada en un sector obrero cercano al balneario de la tranquila ciudad, ella descubrió que su colectivero no era el hombre bueno que le había prometido el cielo y la tierra.
Nunca le hizo caso a algunas chiquillas del campo que le advirtieron antes de partir a la ciudad: “No seas tonta mijita. Espera con paciencia de santa el regreso de tu marío. No te metas con ese chofer. Cuentan las malas lenguas que es un picaflor y de los más diablos. Después van a ser puros lamentos; Ricardo no te va a perdonar”.
Ahora lo comprendió mucho mejor, un poco tarde eso sí, porque sus hijos la odiaban por haber destruido lo único que realmente los hacía feliz: una familia bien constituida.
Tras darle varias vueltas al asunto, una tarde decidió tomar a sus hijos, se subió en un bus rural –ahora manejado por otro chofer- y regresó a la casa de sus padres, quienes la recibieron con los brazos abiertos, cual “Hija Pródiga”.



En días menos lluviosos, más largos y asoleados, Ricardo volvió pero, como se imaginarán, no aceptó este desliz –pese a sus omitidas visitas a lupanares- y decidió irse a vivir lejos de todos, a una pequeña casa que compró en un monte, en el centro del archipiélago, cerca de un gran parque y de un criadero natural de lobos marinos.
No soportó la vergüenza ni el dolor. Se sintió como un bote con la quilla rota por un buen tiempo. Aunque con el paso de las semanas curó sus heridas y encontró a otra mujer, Analía, una artesana que se dedicaba a fabricar escobas de quilineja, sogas de ñocha y canastos de boqui. Pronto tuvieron un hijo, lo que selló definitivamente la suerte de la relación con Rosario, quien nunca más volvió a tener una pareja estable. En ese adverso escenario, Carla y Antonio se fueron a vivir con sus abuelos maternos, mientras Rosario se perdía en las penumbras barrocas del dolor, acongojada por sus malas decisiones y despreciada por las vecinas de la localidad costera que no le perdonaron su infidelidad, pese a estar al tanto de los actos nada de santos de Ricardo durante su ausencia.
“A mí me hicieron un mal”, decía cada vez que le preguntaban por su ex marido. Sin saber nunca lo de las visitas de Ricardo a los lenocinios en el archipiélago sur, ella sentía una culpa feroz, trabajaba duro en el pelillo para mantenerse y ayudar a sus padres, y de vez en cuando apagaba su ácido dolor empinando el codo, como confirmando a Newton y su ley de la gravedad.

* Imagen alusiva al cuento "El Afuerino".

Sunday, September 27, 2009

El Maestro Hemingway

“Cuando el discípulo está preparado, el maestro aparece”, dice la sentencia hindú.

Yo agregaría los maestros porque es bastante poco probable que exista una sola influencia en cualquier actividad humana. Menos en literatura.

En ese contexto, actualmente uno de mis grandes maestros es Ernest Hemingway. Sobre todo admiro cuentos como “La breve vida feliz de Francis Macomber”, “La nieves del Kilimanjaro”, “La capital de mundo” –la historia de un camarero de provincia que muere en Madrid mientras juega a ser un torero en un comedor- y “Los asesinos”.


De sus novelas, “El viejo y el mar” me parece notable, como todas las grandes historias ambientadas en aguas salobres, como por ejemplo “Moby Dick” de Herman Melville.


Al leer “El viejo…” me gustó mucho una intervención del anciano:

- Pero el hombre no está hecho para la derrota –dijo-. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.


Un buen consejo, especialmente para quienes escribimos y debemos luchar cada día por hacer un mejor texto que nos deje conformes. A veces creemos que todo sería mejor si pudiéramos dedicarnos exclusivamente a este oficio. Sin embargo William Faulkner –el autor de esa fabulosa novela “Palmeras salvajes”- nos da aliento al plantear que “el escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel”. O un notebook, en los tiempos que corren.


Finalmente lo que importa es el resultado más que el medio. Además de contar con la materia prima que menciona muy certeramente Ian McEwan en la entrevista que le hicieron en Revista de Libros de El Mercurio: “Muchos de los principales intereses de la vida para un escritor son los conflictos, los malos entendidos, simplemente los problemas que causa el ser, al mismo tiempo, racional y egoísta, irracional y cooperativo”.

Saturday, September 26, 2009

Ni Macondo Ni McOndo

Cuando leo sobre la disputa Macondo v/s McOndo me hago a un lado. Latinoamérica es mezcla, diversidad, mestizaje y por tanto no se puede excluir ni lo exótico, ni lo postmoderno, ni lo mágico, ni lo racional, ni lo urbano, ni lo rural, ni lo metropolitano, ni lo provinciano, etc., etc. En la variedad está el gusto.

Sin embargo, me preocupa más el estilo McOndo porque le falta contexto, historia, visión panorámica.

De los narradores chilenos de los noventa rescato a Arturo Fontaine Talavera. Y la verdad, cada vez me gustan menos Fuguet, Sergio Gómez o Gonzalo Contreras.

Sobre este tema recomiendo leer un artículo del 2002 escrito por la Dra. Diana Palaversich, profesora en el Departamento de Español y Estudios Latinoamericanos en University of New South Wales, Sydney.

Saturday, August 22, 2009

Joaquín Soler Serrano

Recomiendo ver estas entrevistas televisivas del periodista español Joaquín Soler Serrano.

Son tremendamente orientadoras a la hora de conocer un poco más a autores de la talla de Cortázar -en la imagen- y Borges.
Adjunto una de las entrevistas que más me han gustado: la que se le hizo al poeta mexicano Octavio Paz.

El habla campesina

No es fácil reproducir el habla campesina o el habla popular. Sin embargo, creo que para los lectores globales no interesa tanto el detalle como la verosimilitud y capacidad persuasiva de los relatos que se expresan con este lenguaje. Por lo demás, lo que cualquier lector busca en un cuento es una buena historia, con acción y no con reflexión –concedida sólo a los personajes en los diálogos-, con conflicto, con una buena entrada, algunas curvas dramáticas y un final sorprendente, todo lo cual es tremendamente complejo de lograr pero no imposible.

Es el caso de la norteamericana Flannery O’Connor, cuyos cuentos muestran de una manera genial el punto de vista de personajes campesinos y sobre todo muy provincianos y en muchos casos marginales. Más allá de las tensiones raciales, la maldad y la inocencia que se entrelazan de manera alucinante en cuentos como “Un hombre bueno es difícil de encontrar”, “Enoch y el gorila” y “Greenleaf”, mi favorito.

Cuando leo a O’Connor pienso en el sur chileno y en la expresión de la gente de campo. Por ejemplo, la señora May –la protagonista del cuento “Greenleaf”- cuando se dirige a su empleado:
- Señor Greenleaf –dijo ella-, coja ese toro esta misma mañana antes d’hacer cualquier otra cosa. Sabe usté de sobra que echará a perder nuestro programa de inseminación. Cójalo y enciérrelo, y la próxima vez que haya un toro suelto en esta propiedad dígamelo inmediatamente. ¿Entendido?

Un poco más al sur, en México, los relatos de Juan Rulfo también logran conmover con esos diálogos y puntos de vistas de campesinos pobres que aparecen en cuentos como “Nos han dado la tierra” o “No oyes ladrar los perros”.

Además de las imágenes hermosas que elabora Rulfo, por ejemplo en “Nos han dado la tierra” (“Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza”) y en “No oyes ladrar los perros” (“La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda”).


En síntesis, me parecen interesantes los puntos de vistas de los narradores O’Connor y Rulfo. La primera ve las cosas desde arriba, pues se traslucen relatos contados al narratorio con los ojos de alguien que ve esos mundos desde una posición privilegiada. El segundo, sin embargo, deja que la gente sencilla cuente sus historias desde abajo. Puedo estar equivocado pero es la sensación que me dejan ambos autores.

Sunday, August 09, 2009

Las novelas que nunca terminé de leer

A todos nos ha pasado la vieja historia de la novela que nunca terminamos de leer.

Me pasó, por ejemplo, con “El almuerzo desnudo” de William Burroughs. Creo que leí hasta la página 20 y la dejé hasta ahí, arrumbada entre otros libros.

Y también me sucedió con “Cien años de soledad”, que nunca la he terminado de leer porque no he logrado sintonizar con esa polifonía de voces y situaciones circulares que se entretejen para erigir esta obra maestra del realismo mágico, que me encanta pero sólo parcialmente.

No ha sido lo mismo con los otros cuatro libros de García Márquez que me he leído completos aunque con cierta dificultad: “Crónica de una muerte anunciada”, “Memoria de mis putas tristes”, “Relato de un náufrago” y “Vivir para contarla” –estos dos últimos son los que más me han gustado-.

¿Cuál será la razón de esto? Me atrevo a decir que hay libros o escritores que no logran convencerte, por más prestigiados y recomendados que sean. Es una cosa de piel, de sensibilidad. Por ejemplo “La fiesta del chivo” y “La ciudad y los perros” de Mario Vargas Llosa los he leído con gran avidez y he quedado imantado a estas novelas de comienzo a fin. A raíz de esto obviamente que estoy interesado en leer más de Vargas Llosa, no así de García Márquez.

Sunday, August 02, 2009

La señora del perrito

Notable este desenlace de "La señora del perrito" de Chejov: "Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar".

Había leído a algunos autores rusos (Dostoievski, Turgueniev, Bulgakov) pero no había visto nada de Chejov. Reconozco que, al igual como me sucedió con Carver y Cheever, sólo conocí a Chejov luego de leer algunas entrevistas realizadas a Marcelo Lillo.

Creo que estos tres autores (Chejov, Carver y Cheever) son verdaderos maestros, imprescindibles de leer para quienes aún somos proyectos de escritores, emergentes, no profesionales en las artes de narrar ficción.
A propósito de Chejov, y a modo de cierre de esta entrada, comparto con ustedes un notable consejo para principiantes que el autor ruso alguna vez entregó: "Cuando escribo no tengo la impresión de que mis historias sean tristes. En cualquier caso, cuando trabajo estoy siempre de buen humor. Cuanto más alegre es mi vida, más sombríos son los relatos que escribo". Muy curioso esto.

El almohadón de plumas

"Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia...".

¿Quién no leyó en el colegio este cuento de Horacio Quiroga?

¿Es "El almohadón de plumas" un cuento que merece ser leído?

Friday, July 24, 2009

Documental Bolaño Cercano

Es maravilloso este documental que se puede ver en Youtube.

Son muy interesantes las intervenciones de su señora, de su hijo y de los escritores Rodrigo Fresán, Enrique Vila-Matas, Antoni García Porta y Juan Villoro.
Permiten conocer a la persona detrás del mito, al maestro que logró crear un novela como "Los detectives salvajes" que, a juicio de algunos, ocupa el vacío generacional dejado por "Rayuela" de Julio Cortázar.
En esa misma línea sugiero leer una columna de mi colega Daniel Carrillo en la que menciona algo muy interesante: Bolaño creía que para un escritor es más importante que los viajes el tener una buena biblioteca. Comparto esto absolutamente, aunque agregaría que más que la biblioteca, lo que cuentan son las lecturas.

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